n numerosas partes del mundo las primeras décadas del siglo
diecinueve estuvieron marcadas por las expectativas mesiánicas. Creyentes sinceros de
todas las procedencias religiosas a quienes abrumaban las consecuencias de la indagación
científica y de la industrialización, volvieron sus rostros hacia las escrituras de sus
respectivas tradiciones en busca de una respuesta que diera cuenta de los grandes cambios
que se estaban produciendo a su alrededor.
Europa y América vieron surgir grupos como los "templarios"
o los milenaristas convencidos de haber encontrado en las escrituras la prueba de que la
historia había llegado a su fin y que el retorno de Jesucristo estaba ya próximo.
También el Oriente Medio conoció un proceso muy semejante de fermentación religiosa en
torno al cumplimiento inminente de las profecías coránicas y de las tradiciones
islámicas.
Quizá el más llamativo de estos movimientos milenaristas surgió en
Irán y estuvo centrado en la persona y enseñanzas de un joven mercader de Shiraz, al que
la historia conocería como el Báb. De 1844 a 1863, los persas de todas las clases
vivieron una época turbulenta de esperanza y fervor, atizada por el anuncio con que el
Báb proclamó ser el Prometido de las Escrituras Islárnicas y el Heraldo del Día de
Dios. La humanidad -afirmó- se encontraba en todos los aspectos ante el umbral de una era
de cambio y regeneración.
En cierto sentido, el cometido del Báb puede ser comparado con el
papel atribuible a San Juan Bautista en el nacimiento del cristianismo. El Báb fue el
Heraldo de Bahá'u'lláh: Su misión primordial fue preparar el camino para la venida de
Bahá'u'lláh. Desde esta perspectiva, se entiende por qué el nacimiento de la Fe Babí
marca al mismo tiempo el nacimiento de la Fe Bahá'í En efecto, cuando Bahá'u'lláh
proclamó en 1863 que Él era el Prometido, la misión del Báb había dado su fruto.
or otro lado, la religión fundada por el Báb tenía un carácter
independiente y propio. La Fe Babí originó una comunidad vigorosa de fieles, contó con
sus propias escrituras sagradas y dejó una marca indeleble en la historia.
La Fe Babí fue fundada en mayo de 1844 en el momento en que un joven
mercader de la ciudad iraní de Shiraz anunció ser el Prometido Qa'im ("El que
habrá de levantarse'). Este joven, cuyo nombre original era Siyyid 'Ali-Muhammad, adoptó
el nombre de "el Báb", un título que en árabe significa "la
Puerta". Su venida -explicó el Báb- representaba el portal por el que pronto
habría de aparecer el Mensajero de Dios esperado por toda la humanidad.
Los relatos coinciden en señalar que el Báb fue un niño
extraordinario. Nacido el 20 de octubre de 1819, poseía una sabiduría sorprendente y una
nobleza que recuerdan al joven Jesús. Al llegar a la madurez, el Báb se sumó a los
negocios de su tío, propietario de una firma comercial. La piedad e integridad del Báb
pronto le valieron el aprecio de otros mercaderes con los que se relacionaba. También era
conocido por su generosidad con los pobres.
Después de Su proclamación, el Báb atrajo rápidamente a un gran
número de seguidores, al punto de que el movimiento prendió en Irán como un verdadero
reguero de pólvora. El crecimiento dio lugar a la oposición y persecución, sobre todo
entre los miembros del clero, quienes de esta manera veían directamente amenazados su
poder y prestigio. Durante la persecución el Báb fue varias veces encarcelado.
Su obra más importante, el Bayán, abrogó ciertas leyes del Islam y
las sustítuyó por otras nuevas. El Bayán ponía el acento en una moralidad exigente
fundada en la pureza de corazón e intención. También defendía la condición de la
mujer y de los pobres, así como la educación y aplicación de las ciencias útiles.
El tema central del Bayán giró en torno a la inminente llegada de una
segunda Manifestación de Dios, Quien sería mayor que el Báb y cuya misión seria la de
inaugurar la era de paz y abundancia que tiempo atrás había sido anunciada por el
cristíanismo, el judaísmo y las demás religiones.
Persecución y
elecucion
Los corazones y mentes de
quienes conocieron el mensaje del Báb estaban sumergidos en una atmósfera que apenas
había cambiado desde la Edad Media. Al proclamar una nueva religión, el Báb posibilitó
que sus seguidores se desvinculasen por completo del marco de referencia islámico,
preparando de esta manera la vía para la llegada de Bahá'u'lláh.
El atrevimiento con que el Báb proclamó Su misión y presentó el
ideal de una nueva sociedad suscitaron el temor entre las autoridades religiosas y
seculares. La persecución del Báb no se hizo esperar.
Quienes se le enfrentaron llegaron a decir de Él que no era un hereje
sino un rebelde peligroso. De ahí su decisión de ejecutarlo.
El 9 de julio de 1850 se cumplía la sentencia de muerte en el patio de
un cuartel de Tabriz, ante la mirada de 10.000 testigos agolpados en los tejados de los
barracones y casas contiguas. El Báb y un joven seguidor habían sido suspendidos de dos
cuerdas clavadas a un paredón. Un regimiento armenio compuesto por 750 soldados
dispuestos en tres filas de 250 fusileros cada una descargó otras tantas andanadas. El
humo de la pólvora y el polvo que se levantó fueron tan densos que el patio quedó
anegado por la oscuridad.
Tal y como informa el relato que obra en el Ministerio de Asuntos
Exteriores Británico, una vez que la humareda se disipó no había rastro del Báb. Su
compañero, de pie, no había sido alcanzado por las balas. Eso sí, las dos cuerdas
estaban destrozadas.
El Báb fue hallado en Su celda en el momento en que impartía las últimas
instrucciones a Sus seguidores. En la mañana de aquel mismo día, cuando los guardias se
disponían a conducirlo al lugar de la ejecución, el Báb les había advertido que no
había "poder terrenal" alguno que pudiera silenciarle hasta que hubiese
terminado cuanto tenla que decir. Ahora, el Báb les dirigía estas palabras:
"Podéis cumplir vuestro cometido".
Por segunda vez, el Báb y Su compañero comparecieron ante el pelotón de ejecución.
El regimiento armenio se negó a abrir fuego, por lo que hubo de ser reemplazado por un
contingente de soldados musulmanes. Esta vez los cuerpos resultaron acribillados, con sus
huesos y carne fundidos en un todo del que -sorprendentemente- quedaron intactos sus
rostros.