medida
que se acerca el nuevo milenio, tanto más imperativa se vuelve la necesidad de encontrar
una visión unificadora del hombre y la sociedad. Tal es la visión que despliegan los
escritos de Bahá'u'lláh (1817-1892).La fuerza motriz que
alienta el proceso civilizador -afirma Bahá'u'lláh- radica en las sucesivas
intervenciones de Dios en la historia. Gracias a este influjo, las innatas facultades
morales y espirituales del hombre han podido crecer gradualmente haciendo posible el
progreso de la civilización. Se trata de un fenómeno recurrente que aparece relacionado
con las misiones de figuras trascendentales como Krishna, Moisés,
Buda, Jesús y Muhammad.
El proceso no tiene principio ni fin, puesto que descansa sobre la propia base del sistema
de evolución
Paradójicamente, la humanidad nunca ha llegado a comprender este proceso del que ella
misma depende. Al contrario, cada etapa de la historia espiritual de la humanidad ha
tendido a convertirse en un sistema religioso cerrado en donde el impulso religioso se ha
visto atrapado por contradicciones y conflictos enconados.
Bahá'u'lláh compara la maduración del conjunto de la
humanidad con las etapas de infancia, adolescencia y juventud por las que atraviesa toda
persona. Hoy día, la humanidad ha llegado a su etapa de madurez colectiva y puede, por
tanto, observar el conjunto de su evolución como parte de un solo proceso. Esa madurez
nos insta a aceptar que somos un solo pueblo; nos apremia a liberarnos de los credos e
identidades limitadoras del pasado; y nos compele a levantar juntos los cimientos de una
civilización universal.
El poder que está haciendo posible este despertar mundial precede de la Revelación
Universal de Dios que ha side prometida en todas las Escrituras del pasado. Su portavoz es
Bahá'u'lláh, cuyas enseñanzas proporcionan el cañamazo de la
organización social del planeta. Su vida e influjo creciente constituyen la gran historia
no contada de nuestros tiempos.